Durante miles de años, algunas especies han entrado en nuestros hogares y han terminado ocupando un espacio afectivo que va mucho más allá de cualquier utilidad práctica. Perros, gatos, aves, peces, conejos y otros animales se han convertido en compañeros habituales de millones de personas. Pero ¿Qué hubiera pasado si las mascotas nunca hubieran existido?

Para imaginarlo no basta con eliminar perros y gatos de las viviendas actuales, sino que debemos pensar en una humanidad que nunca hubiera desarrollado la costumbre de convivir con animales principalmente por compañía. Si bien es posible que algunas especies hubieran sido domesticadas igualmente para realizar trabajos, proporcionar alimentos o proteger explotaciones, la idea de incorporar un animal al núcleo familiar no habría aparecido. Las consecuencias serían enormes. La infancia sería diferente, la soledad se afrontaría de otra manera y nuestra sensibilidad hacia los animales probablemente habría evolucionado por caminos distintos

Tampoco existiría una gigantesca economía relacionada con alimentación, veterinarios, residencias, peluquerías, accesorios y otros servicios destinados a animales de compañía. En este contexto, lugares como Residencia Canina Acuacan, con su guardería de perros Valencia, no existirían.

Las ciudades tendrían menos perros paseando por sus calles, las viviendas no necesitarían adaptarse a gatos u otras especies y conceptos hoy completamente normalizados, como adoptar un animal abandonado, serían difíciles de comprender. Incluso nuestra manera de hablar sería distinta, porque numerosas expresiones y experiencias cotidianas están vinculadas a la convivencia con animales. Un mundo sin mascotas seguiría estando lleno de fauna, desde los pequeños mosquitos hasta las grandes especies salvajes, pero la frontera entre el mundo humano y el animal sería mucho más marcada. Precisamente por ello, imaginar su ausencia permite entender hasta qué punto las mascotas han modificado nuestra forma de relacionarnos con otras especies y también entre nosotros mismos.

Hogares diferentes y una relación mucho más distante con los animales

Si nunca hubieran existido las mascotas, una de las diferencias más evidentes estaría dentro de las propias viviendas. No habría camas para perros, rascadores para gatos, acuarios, jaulas para aves ni recipientes destinados a la comida de los animales. Tampoco sería habitual organizar el día alrededor de paseos, alimentación o cuidados veterinarios. Una familia podría convivir durante décadas sin mantener prácticamente ningún contacto cercano con otra especie. Para muchas personas, especialmente aquellas que viven en entornos urbanos, los animales serían algo que se observa en la naturaleza, en explotaciones ganaderas o quizá en espacios destinados específicamente a conocerlos, pero no seres con los que se comparte el sofá, las vacaciones o una parte importante de la rutina diaria. Esta distancia tendría consecuencias sobre nuestra forma de interpretar su comportamiento. Buena parte de lo que una persona aprende acerca de las emociones y necesidades de los animales procede precisamente de la convivencia diaria. Sin mascotas, resultaría mucho más sencillo contemplarlos exclusivamente desde una perspectiva funcional: especies salvajes, recursos alimentarios, animales de trabajo o posibles amenazas. La idea de que un animal pueda poseer una personalidad reconocible para sus cuidadores tendría mucha menos presencia en la experiencia cotidiana.

La propia estructura familiar también sería diferente. Actualmente existen hogares en los que un perro o un gato ocupa un lugar emocional importante, especialmente entre personas que viven solas, parejas sin hijos o familias cuyos hijos ya han abandonado la vivienda. Sin mascotas, ese espacio afectivo tendría que cubrirse mediante otras relaciones y actividades. Esto no significa que las personas fueran necesariamente más solitarias, ya que probablemente desarrollarían otras formas de compañía, pero desaparecería una relación muy particular: aquella en la que no hace falta mantener una conversación para sentirse acompañado. También cambiarían muchas decisiones domésticas. Nadie escogería una vivienda pensando en disponer de terraza para el perro, protegería determinadas ventanas para evitar que escapara un gato ni buscaría alojamiento vacacional que aceptara animales. Las ciudades tampoco necesitarían parques caninos ni numerosos servicios destinados a facilitar la convivencia con mascotas. La ausencia sería tan normal que probablemente ni siquiera percibiríamos que faltaba algo. Sin embargo, observando ese mundo desde nuestra realidad actual, los hogares parecerían considerablemente más separados del resto de especies. La naturaleza estaría fuera de la puerta y la casa sería un espacio prácticamente exclusivo de los seres humanos.

La infancia, la compañía y el bienestar emocional serían distintos

La inexistencia de mascotas tendría una repercusión especialmente visible durante la infancia. Para muchos niños, un perro, un gato u otro animal constituye una de las primeras oportunidades de comprender que otro ser vivo posee necesidades diferentes de las propias. Darle comida, respetar sus momentos de descanso, aprender a acercarse correctamente o participar en sus cuidados introduce responsabilidades sencillas dentro de la vida cotidiana. Si las mascotas nunca hubieran existido, estos aprendizajes tendrían que producirse exclusivamente mediante las relaciones con otras personas o mediante un contacto más ocasional con animales. Los niños podrían seguir desarrollando perfectamente empatía y responsabilidad, pero perderían una experiencia particular que permite observar de forma directa cómo otro ser vivo se comunica sin utilizar palabras. Incluso conceptos difíciles, como el envejecimiento y la muerte, llegan por primera vez a algunas personas a través de la pérdida de un animal querido. Sin mascotas, esta parte de la educación emocional sería diferente y probablemente existiría una distancia mayor respecto al ciclo vital de otras especies.

También habría consecuencias para los adultos y las personas mayores. Una mascota puede introducir rutinas en momentos de aislamiento: hay que alimentarla, cuidarla y, en el caso de muchos perros, salir regularmente de casa. Esas obligaciones pueden convertirse además en oportunidades para establecer contacto con otras personas. Los paseos generan conversaciones entre vecinos y propietarios, mientras que el propio animal puede actuar como elemento socializador. En una sociedad sin mascotas desaparecerían todas esas interacciones. Las personas buscarían alternativas en actividades comunitarias, amistades, asociaciones o tecnología, pero no existiría ese tipo de compañía animal cotidiana. Tampoco se habría desarrollado de la misma forma la utilización de animales en determinados programas de acompañamiento o intervención asistida. Hospitales, residencias y otros centros recurrirían exclusivamente a recursos humanos o tecnológicos para cubrir esas funciones. Resultaría exagerado afirmar que un mundo sin mascotas sería necesariamente más triste, porque las sociedades se adaptarían a su ausencia desde el principio. Sin embargo, sí sería emocionalmente diferente. Habría desaparecido una categoría completa de relación afectiva que no es exactamente amistad, parentesco ni relación profesional. Las personas nunca conocerían la experiencia de regresar a casa y encontrar un animal esperando su llegada, y precisamente porque esa experiencia jamás habría existido tampoco serían conscientes de haberla perdido.

Una enorme economía que nunca habría llegado a desarrollarse

La ausencia de mascotas también transformaría profundamente determinados sectores económicos. Actualmente existe toda una actividad empresarial dedicada específicamente a satisfacer las necesidades de los animales de compañía. Sin mascotas no habría tiendas especializadas en su alimentación, fabricantes de correas, juguetes, camas o transportines, peluquerías caninas, residencias para animales ni buena parte de los servicios veterinarios actuales. La veterinaria seguiría existiendo, pero estaría mucho más orientada hacia la ganadería, los animales de trabajo, la conservación de fauna y otros ámbitos profesionales. Las clínicas veterinarias urbanas serían mucho menos frecuentes porque desaparecería la enorme demanda procedente de perros, gatos y otras especies que viven dentro de los hogares. Miles de profesiones se habrían desarrollado de otra manera y los recursos destinados actualmente al cuidado de animales domésticos circularían hacia otros sectores. Incluso actividades relativamente recientes, como los seguros para mascotas, los alojamientos turísticos que admiten animales o determinados servicios de transporte especializados, sencillamente nunca habrían aparecido.

Las ciudades también presentarían diferencias económicas y urbanísticas fácilmente reconocibles. No existirían establecimientos llenos de productos para animales ni campañas comerciales vinculadas a su bienestar. Los parques no necesitarían zonas reservadas para perros y los ayuntamientos no tendrían que instalar determinados equipamientos relacionados con ellos. También desaparecería buena parte de la estructura actual de protectoras y refugios dedicada a perros y gatos abandonados. Esto eliminaría problemas graves como el abandono de mascotas, pero no significaría que la relación entre humanos y animales estuviera libre de conflictos. Seguirían existiendo problemas relacionados con fauna salvaje, ganadería y conservación de especies. Incluso perros y gatos podrían existir en formas muy diferentes si se hubieran producido procesos de domesticación exclusivamente funcionales, aunque nunca hubieran llegado a considerarse compañeros domésticos. La cultura comercial también cambiaría: animales que hoy aparecen constantemente en anuncios, películas y productos infantiles tendrían una presencia diferente en el imaginario colectivo. El perro familiar o el gato doméstico no serían personajes reconocibles porque ese tipo de convivencia resultaría desconocido. La ausencia de mascotas demostraría así que su importancia contemporánea no puede medirse únicamente por el afecto que generan. Alrededor de ellas se ha construido una compleja red de empleos, empresas, servicios públicos, normas y hábitos de consumo que desaparecería por completo en este escenario alternativo.

Conclusiones de una humanidad con una frontera mucho mayor frente al mundo animal

Imaginar qué hubiera pasado si no existieran las mascotas conduce a una sociedad que podría funcionar perfectamente, pero cuya relación con los animales sería considerablemente más distante. Los seres humanos continuarían encontrándose con mosquitos, medusas, aves, animales salvajes y especies destinadas a la ganadería o a determinadas tareas, pero faltaría ese contacto cotidiano capaz de transformar a un animal en compañero. Los hogares serían exclusivamente humanos, las ciudades carecerían de perros paseando junto a sus propietarios y millones de niños crecerían sin experimentar la responsabilidad de cuidar diariamente a otra especie. También desaparecería una importante forma de compañía para adultos y personas mayores, aunque probablemente se habrían desarrollado otras estructuras sociales para ocupar parte de ese espacio. Desde el punto de vista económico, sectores completos nunca habrían aparecido y la veterinaria, el comercio y determinados servicios urbanos presentarían una configuración completamente distinta. Pero posiblemente la consecuencia más profunda estaría en nuestra percepción de los propios animales. Convivir con ellos ha permitido observar comportamientos, preferencias, miedos y formas de comunicación que resultan difíciles de apreciar desde la distancia. Una persona que comparte durante años su hogar con un perro o un gato difícilmente puede interpretar al animal únicamente como un elemento del paisaje. Sin mascotas, esa experiencia estaría reservada a quienes trabajasen directamente con otras especies y la mayoría de la población mantendría una separación mucho más clara entre el mundo humano y el animal. Tal vez existiría menos preocupación por determinados aspectos del bienestar animal o quizá esa sensibilidad se habría desarrollado mediante otros caminos, pero sería inevitablemente diferente. Este escenario alternativo demuestra que las mascotas no se limitan a ocupar un espacio físico dentro de las viviendas. Han influido en nuestra economía, nuestras rutinas, nuestra infancia y nuestra forma de comprender a otras especies. Si nunca hubieran existido, la humanidad seguiría rodeada de animales, pero probablemente los sentiría mucho más lejos.